jueves, 20 de agosto de 2009

Inshallah. Capítulo II

El presente nunca le había gustado. Era el pasado lo que le apasionaba y a lo que se atrevía a mirar de frente. Con su veredicto pronunciándose a sus espaldas, su mirada sólo se inundaba del azul inmenso del Mediterráneo que se extendía ante él. No lo había soportado más. Aquella incómoda situación en el hospital era ridícula ante la panorámica que el único vínculo al exterior ofrecía.
Había abierto la ventana y se había asomado. Inspiró el aire puro del mar, sintió cómo se hinchaban sus pulmones, cómo se alborotaba su pelo ya canoso, testigo del paso de los años y cargado de experiencia. Su rostro respiraba libertad, mientras que a sus espaldas las palabras del doctor le devolvían a la realidad. Era como si estuviera viviendo dos realidades diferentes, como si su espada y su rostro no pertenecieran al mismo cuerpo. Lo opuesto. La cara y la espalda. La libertad y la condena perpetua. El azul del mar y el blanco rancio de una habitación de hospital.
Siempre había vivido con esa sensación. Su espalda estaba acostumbrada a cargar con lo más oscuro de su vida, mientras que ante sus ojos siempre se habían postrado las escenas más maravillosas que el hombre pudiera ver.
Alejandría. Aquel aroma que lo rodeaba le recordaba a la histórica ciudad de los Ptolomeos. Desde Alejandro Magno hasta la hermosa Cleopatra. Nunca se perdonaría el irse sin conocer el paradero del féretro de la última reina de Egipto. ¿En qué recóndito lugar del mar que baña la costa alejandrina se encontraría su cuerpo?¿Y el de Marco Antonio? Ni el gran César pudo contenerse ante los encantos de una mujer y un país poderosos.
Pensando en Egipto su mente viajaba a aquellos años que pasaba contemplando las excavaciones de los campamentos. Desde el alto hasta el Bajo Egipto; los oasis, el Mar Rojo. No le había quedado rincón de la tierra faraónica por estudiar y excavar. Con el paso de los años, había conseguido hacer de su pasión su forma de vida y el occidente no podía ser su punto final.
- Y ahora, ¿cómo debe ser su forma de vida?
Era Ángel. Después de años su hijo mostraba la preocupación que él nunca había tenido por su primogénito. Se giró para mirarle a la cara. Tenía el mismo rostro que ponía su madre cuando se presentaba alguna dificultad, por lo demás, era como si se volviera a mirar en un espejo pero con veinte años menos. Nadie podía negar su paternidad.
-Tendrá que aprender a convivir con el tratamiento.
'O no tomarlo y aprovecha lo poco que me queda por vivir', pensaba él. No quería medicación, no quería tener ese diagnóstico, no era justo para él. Vivir lo poco que le quedaba enganchado a las pastillas y con alto riesgo de padecer demencia, meningitis, depresión, psicosis.....¿Alguien da más? A aquel médico parecía gustarle recitar todos esos síntomas secundarios como el que lee la lista de la compra. Podía seguir hablando con Ángel y John, seguramente a éste último le interesaba también lo que podía pasarle.
Cuando al fin pudieron salir del hospital, se dirigió a ambos con el semblante que siempre le había caracterizado. A John le propuso irse a casa y charlar, aunque lo que realmente quería decir era que fuera recogiendo sus cosas y buscando un nuevo hogar. A su hijo le sugirió que pidiera un año de excedencia en su consulta. Tenía que recuperar el tiempo perdido y presentarle a su verdadero amor. Necesitaría todo un año para conocer Egipto.

1 Comment:

Tareixa said...

No concibo una forma mejor de acabar mis días que entre las doradas arenas y las piedras milenarias de Egipto. Si, sería el mejor lugar para irse, en silencio y tranquila contemplando una magnífica puesta de sol egipcia.