lunes, 26 de noviembre de 2007

Gracias SPORTING!






Estefanía Suárez-Otero Redondo se graduó y obtuvo en la Universidad de de Wolverhampton, en Inglaterra, una de las mejores notas con su trabajo de fin de carrera, en el que lo primero que aparecen son los colores rojiblancos, con los que se siente plenamente indentificada. El título del trabajo lo dice todo: “Idioma Sportinguista (labores de comunicación en el Real Sporting de Gijón).
El trabajo hace un recorrido por la metodología informativa y comunicativa en general del club, situada en el entorno temporal de su centenario, y añade deliciosos retazos que pasan por la simbología de la entidad hasta llegar a la propia afición sportinguista.
Liberados ya por la universidad británica los proyectos fin de carrera que han obtenido las mejores calificaciones, el próximo paso de Estefanía Suárez-Otero será la publicación de este trabajo, que puede considerarse pionero en los de su especie dentro del fútbol español.
Dept.Prensa

sábado, 24 de noviembre de 2007

Nos vemos en Debod


Había llegado a su lugar sagrado. Un templo antiguo donde la tranquilidad rompía todo bullicio de la gran ciudad que es Madrid. Aquel día no había llevado consigo ningún buen amigo, como le gustaba referirse a sus libros. Se había propuesto conocer un poco más aquel idílico lugar observando cada detalle.


La brisa acariciaba su rostro con la suavidad que descubre el carácter pícaro del atardecer, como antesala de una buena o mala noche, depende quién se lo preguntara. Un bicho raro decían que era. No. Era justamente todo lo contrario. Un poco especial, sí, pero nada de bichos ni rareces, más bien era detallista. Le encantaba estudiar a los desconocidos con los que todos los días compartía las calles madrileñas, e incluso había días que ante tanto carácter descortés y frío de los viandantes de la gran ciudad se encontraban miradas cálidas que parecían responder a sus preguntas. Preguntas que se hacía sobre cada persona que entraba en su muestra de estudio, sobre sus comportamientos ante determinadas situaciones, su forma de caminar y hacerse paso ante la multitud... Conocer el interior de los desconocidos para entender el significado de su existencia, si es que existe algo así. Y eso era precisamente lo que aquella tarde se proponía con el templo de Debod, conocer al detalle su historia, sus sufrimientos a lo largo de tantos siglos, intentar encontrar el motivo de qué pintaba en medio de Madrid y un templo del antiguo Egipto.


El buen tiempo de noviembre invitaba a sentarse a los pies de Debod, cerrar los ojos para oír el susurro de la brisa y disfrutar del cantar de las aguas que rodean el templo.

- Es una pena que no sean las aguas del Nilo las que sigan bañando las piedras más bajas, pero las más importantes de la jerarquía del templo, más que nada porque ellas son sus pilares - se decía para si mismo.

Decidió tumbarse para disfrutar de la línea longitudinal del templo y cuando levantó la vista, allí estaba. Era la mirada que aún no había encontrado ese día. Sentada en uno de los bancos del parque del Oeste que rodea el santuario egipcio y bañada en un mar de hojas ya secas, una joven le observaba. Su mirada pedía a gritos una historia, una explicación de aquella maravilla antigua que se alzaba ahora en Madrid. Con una media sonrisa dibujada en su cara, se levantó clavando sus ojos en aquellos ojos verdes de la joven del banco. Y comenzó la conversación, una charla sustentada en miradas.


- Seguramente a ti también te apasiona este sitio, ¿y a quién no? La belleza del Antiguo Egipto reina, rodeada de naturaleza en este parque y en pleno corazón de una gran urbe cosmopolita. Pero ese entorno no era el que originalmente enmarcaba a este templo.


Ella había puesto su pie izquierdo en el banco y apoyaba su cabeza en la rodilla. Era la primera respuesta a aquella conversación. Sabía que iba a ser una historia larga y simplemente se acomodaba. Él continuó paseando por la explanada donde se alza el templo rodeado de agua.


- Fue mandado construir en Nubia, al sur de Egipto, hace más de 2200 años y como honor al dios Amón y a la diosa Isis, la Gran Maga, la Diosa de las Pirámides, la mujer, esposa y madre prototipo. Y es que, este templo que hoy podemos tocar, formaba parte del gran santuario dedicado a la diosa.


La historia del templo y de los dioses que en sus relieves se representan tomaron parte en aquel primer contacto con la chica de los ojos verdes. Hasta que una hoja se posó sobre su mano en señal de que ya era hora de irse. Él sabía que volvería, regresaría a sentarse a aquel banco para conocer más cosas del templo egipcio. Y no se equivocó.


Dos días después decidió visitar de nuevo el antiguo templo con la esperanza de ver aquellos cálidos ojos verdes. Tuvo que esperar el tiempo suficiente para saber en qué detalle del templo iba a fijar hoy su explicación. Los motivos decorativos del exterior, porque no se atrevía a perder el contacto con aquella mirada si entraba en el interior del templo, ya habría tiempo más adelante para pasear juntos por las salas y conocer su corazón. También ella tenía claro qué iba a preguntar aquel atardecer.


Se sentó en su banco, se recostó hasta sentirse cómoda y lo miró fijamente, no sin antes fijarse en las columnas que se alzan a ambos lados de la puerta de acceso al templo. Era asombrante. Los dos habían coincidido en el tema de conversación aquella tarde y todo sin haberse dirigido nunca ni una palabra. Era como si hubiese una conexión, una unión entre sus mentes. ¿Telepatía? No sabía qué podía ser pero aquel entendimiento sólo por miradas le hacía sentirse bien. Aún quedaba afecto y algo cálido en esa ciudad donde las personas se cruzan unas con otras sin mirarse a la cara. Y ella debía sentir lo mismo porque se encontraban allí siempre que alguno iba, era como si se reclamaran las almas cuando ambos necesitaban calor humano.


Sin embargo, nunca ninguno de los dos se atrevió a presentarse o a tocar al otro, ni siquiera aquel atardecer en el que ella había decidido compartir el paseo por Debod y acceder a su interior. Puede que no lo hiciera en aquel momento por no manchar el símbolo de pureza de un lugar sagrado, o puede que no lo hiciera por miedo a perder la extraña relación que había comenzado una bonita tarde de noviembre con un desconocido desde el banco de un parque de Madrid.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Pasos cansados bajo las escamas del dragón

La puerta de la casa gris se cerró y el golpe sonó como un signo de interrogación. ¿Qué futuro le depararía a aquella casa, tan similar a sus vecinas? ¿Quién sería la persona que volvería a abrir aquella puerta e inspirar el aire que tan bien le hacía sentirse a Amaya cuando llegaba a casa cansada de un día agotador?
Los pensamientos y las preguntas iban y venían en su cabeza como aquella bola de las máquinas que los establecimientos estaban incorporando como muebles.
- No sé para qué - se decía a si misma y con gritos en silencio, como enojada. -No sé para qué gastan el dinero en esas máquinas que nadie va a usar porque la gente ya no tiene dinero ni para tomarse un refresco. No hay dinero para nada, ni tan siquiera para comprar los billetes que susurran cuando los agitas esa maldita frase de 'bienvenido a bordo de su nueva vida'. ¿Nueva vida? Y si yo estaba bien en la que tenía, ¿por qué la sociedad es tan egoísta para quitarnos a nosotros, una de las familias más humildes de la ciudad, todo lo poco que teníamos?
Amaya estaba enfadada, pero no sabía el porqué, ¿o estaba dolida? Esas preguntas aparecían en su mente como una nueva bola que se sumaba al rebotar de las demás cuestiones. Y de fondo, la melodía de la dulce voz de su hija seguía marcando el ritmo que debería tomar esa nueva vida, o aventura, como ella se había empeñado en llamarla.
- Y es que aunque se ensucien o me pisen, mis botas seguirán siendo mágicas. Puedo bailar con ellas el juego del 'un, dos, tres con un pie y sin caer. Cuatro, cinco......
- Elisa no juegues ni saltes, las maletas pesan mucho y si sigues saltando nos vamos a caer. - La pequeña sabía lo que significaban las palabras de su padre, más que nada porque aquel tono sólo lo ponía cuando estaba cansado o enfadado.
Elisa bajó la cabeza, coartada por la orden de su padre. No comprendía por qué sus padres estaban así de tristes, porque cuando se empieza una aventura siempre se hace con muchas ganas, como habían hecho aquellos niños de Londres cuando volaron a un país de las estrellas; o aquella niña que perseguía al conejo del reloj porque quería saber a dónde iba, o los capitanes de los barcos que surcaban los mares en busca de tesoros. Hasta que una sombra le cubrió el rostro e hizo que Elisa levantara la mirada hacia la pared de su casa.
- Mamá, papá. !Es un dragón! Un dragón de los de verdad. Volvamos a casa y ya salimos cuando se vaya. Si se enfada y nos sopla fuego nos va a quemar. Volvamos a casa hasta que no haya peligro. Mis botas mágicas sólo nos ayudan a encontrarnos cuando estemos perdidos, no son tan mágicas como para defendernos de dragones.
Elisa tiraba de las manos de sus padres para regresar a la casa asustada por la sombra del dragón.
- Elisa, vale ya. No tengas miedo y sigue caminando sin hacer ruido y entonces el dragón no nos hará nada porque no nos oirá. - Le decía Pedro para que se calmara.
- ¿Cómo es eso?. - Preguntó curiosa la niña.
- Porque no pueden oír susurros, por eso sueltan fuego cada poco por si tienen a algún enemigo próximo, pero si gritamos nos oirán. - Pedro iba enumerando las carencias sensitivas de los dragones a su hija bajando cada vez más el tono de voz.
Elisa, sin dejar de mirar aquella sombra, contestaba a su padre con el mismo tono de voz que él utilizaba, casi en susurro.
- Entonces tenemos que correr para llegar primero al barco y rodeados de agua no se acercará tanto, para que no se le apague el corazón, de donde le sale el fuego, como al dragón que venció Sebastián en Timberland. ¿te acuerdas papá? ¿Te acuerdas de Sebastián y la bola de agua que secó al dragón y que...?
- Sí Elisa, claro que me acuerdo.- Comenzó a contestar Pedro, pero antes de terminar su frase las frías palabras de Amaya le cortaron.
-Vale ya de historias imaginarias, Pedro. Hija, no existen los dragones, ni niños que vuelan, ni Timberland ni conejos con reloj. Esos son todos personajes que se inventa tu padre para que duermas bien. Lo que ves son dragones de tela y no vuelan, los sujetan personas con palos muy altos y finos, por eso apenas los ves.
- Papá dile a mamá que está equivocada. Es mentira lo que dice. Díselo. Sebastián, los dragones, los niños de Londres sí existen. !Díselo! - Elisa le rogaba a su padre con el llanto a punto de romper. Las palabras de su madre le había atravesado como el frío del crudo invierno se metía entre las descuidadas rendijas que quedaban entre las prendas y cortaba la piel.
- No te enfades Elisa. Mamá te está tomando el pelo. Claro que existen todos ellos, pero mamá está cansada y preocupada por nuestra aventura porque ella prefiere que no nos pase nada interesante y lleguemos todos bien y sin problemas a nuestra nueva casa. ¿Verdad, Amaya? Díselo tú, dile que era una broma. - Pedro sabía cómo calmar situaciones como aquella. Sabía cómo tranquilizar a su pequeña niña y con un sólo guiño de ojo hacer comprender a su mujer que Elisa no tenía culpa de aquella marcha y que era muy pequeña como para entender que es mentira todo lo que dicen los cuentos, demasiado pequeña para enfrentarse a la realidad.
- Vale Elisa. Perdóname, cielo. Era una mala broma. Pero no te preocupes por los dragones, veremos muchos a nuestro camino hasta el puerto.
- ¿Por qué?. -Preguntó la pequeña
- Porque hoy para ellos es un día especial. - respondió la madre.
- ¿Por qué?. - Volvió a insistir Elisa.
Al ver que Amaya se había quedado sin recursos, Pedro tomó la palabra:
- Porque hoy es el último día que pueden salir de sus cuevas sin miedo a que se les apaguen sus corazones de llamas. ¿Y sabes por qué?.
Elisa movió de un lado para otro la cabeza en señal de negación e impaciente por escuchar la historia de su padre.
- Porque pronto caerán las primeras nieves y cada vez hará más frío. Y con el frío y la nieve o el agua, el fuego......
- Se apaga. - Contestó rápidamente Elisa.
- Eso es. Y por eso hoy celebran su baile de fin del dominio del Sol, su mejor amigo. - Prosiguió Pedro.
- ¿Ellos pueden llegar al sol?. - Preguntó Elisa.
-!Claro que pueden! Porque ellos no se queman. Al contrario, se le caen las escamas con el frío y sin ellas se pueden morir, porque las escamas son su piel. - Contestó Pedro.
Elisa miraba con asombro a su padre mientras éste le contaba su historia. Sus ojos, abiertos como platos seguían el compás del baile de los dragones con los que se cruzaban a su paso y cuando veía que uno se acercaba demasiado, apretaba con fuerza las manos de sus padres e incluso acurrucaba su cara al abrigo de su padre por miedo a que le cayese alguna escama y le quemara sus ojos.
- ¿Bailan sin música?. -Volvió a preguntar Elisa.
- Ellos cantan, pero nosotros no los podemos oír porque su idioma sólo se escucha muy, muy bajo, tanto que sólo pueden oírlo ellos. Es incluso más bajo que los susurros.
- Pero si me habías dicho que no podían oír los susurros. - Se quejó Elisa.
Pedro se quedó por un momento callado y miró a su mujer que esta vez le miraba de reojo y escondiendo bajo su nariz una tímida sonrisa. Aguantando la risa porque sabía que su hija le había pillado en un momento flojo, levantó la cabeza y dijo con firmeza:
- Los dragones tienen un problema o una virtud.
- ¿Cuál?. - preguntó Elisa.
- De las voces humanas sólo pueden escuchar las voces, pero entre ellos y de los demás animales pueden escuchar hasta los sonidos más bajos...
- ¿De verdad? ¿no me engañas?- preguntó Elisa. - ¿Y cómo es eso? - siguió.
- Porque ellos son seres especiales, casi mágicos. - contestó Pedro.
- ¿Cómo mis botas?- Elisa había pronunciado aquella frase con la frescura típica de una niña de su edad.
- Eso es, como tus botas - le respondió su padre.
- Entonces, ¿todo es mágico y especial? - preguntó Elisa.
- Todo es mágico y especial cuando nosotros queremos que sea así. Si deseas algo con mucha fuerza y de corazón se cumple lo que deseas - siguió Pedro.
- ¿De todo corazón? -Preguntó la pequeña.
-Sí, desde lo más interior de tu cuerpo. Porque nosotros, nuestro corazón, se parece un poco al de los dragones. En él también nace una llama, pero las personas mayores lo prefieren llamar coraje. Y eso es lo único necesario para que una aventura como la nuestra salga bien. Eso y unas botas mágicas como las tuyas- decía Pedro mientras afirmaba con su cabeza para dar más contundencia a sus palabras.
- Eso, unas botas como las mías y coraje. Yo debo de tener mucho porque siento como un poco de calor aquí, donde el corazón- dijo la pequeña soltándose una mano para señalarse el corazón.
Elisa ya no tenía miedo de los dragones que bailaban para despedirse del dominio del sol y su fuerza o coraje había alcanzado los ánimos de sus padres, en especial a su madre que ahora, caminando más deprisa, había expulsado de su cabeza aquellas bolas inquietantes y preguntonas que la llenaban de ira. Ahora parecía que incluso ellos bailaban con aquellos dragones de tela para despedirse del dominio del sol, o quizás de aquella oscura y triste ciudad.

lunes, 29 de octubre de 2007

Carta a Luis

Nadie sabe lo que le depara el destino. Allá arriba, donde bailan las estrellas, cada persona tiene su estela biográfica y nadie puede cambiar lo que está escrito. Si fuerzas al destino, éste te golpeará y castigará, pudiendo incluso dañar a las personas más próximas a ti.
Querido Luis,
hace tiempo que no escribo una carta informal y menos a alguien como tú. Me acuerdo con tanta claridad de cómo empezó todo...y eso que ya pasaron 15 años. Sí. Fui yo la que en aquella ocasión forcé al destino para poder hablar contigo. Con una apuesta, así empezó todo, como un juego en el que aposté todas mis bazas y las perdí. Las reglas habían sido claras en aquel verano del 80; sólo tenía que hacer que el chico más popular se fijara por un instante en la chica más normal de todas, y lo conseguí. Pero el juego se volvió complicado con el despertar de los sentimientos y las tonterías de unos adolescentes.
Son tan claros todos mis recuerdos que cuando pienso en ti aún lo hago como una chica de 16 años. Ese ha sido el castigo que me ha puesto el destino, por intentar torcer su camino. Ese y el tener una vida llena de soledad sin alguien al lado que me acurruque en las noches de invierno ni una carrera estelar en la que cobijarme de todos mis fracasos sentimentales por mantener fresco tu recuerdo. ¿Y a ti? A ti también te ha castigado el destino por encapricharte en una compañera que ahora no llena tu corazón vacío y buscas calor en el regazo de otras dañando incluso a aquella que un día fue como mi hermana.
Aún recuerdo el día de vuestra boda y mi llegada a la iglesia. Allí estabas tú, esperando a tu novia vestida de blanco sobre la gran escalinata de piedra y el coche en el que yo viajaba no paró más adelante de aquellos escalones. Y en aquella postal nuestros ojos se encontraron. Sentí el cosquilleo de aquellos días en los que tenía que ser yo la que cogiera la llamada de las 3 de la tarde porque la respuesta iba a ser "un beso", y también la de las 9 de la noche cuando las palabras se entrecortaban por una mezcla creada por el poco tiempo que teníamos para contárnoslo todo y los nervios que me producía oír tu voz. El sonido del teléfono en aquellas llamadas despertaban las mariposas de mi estómago como lo hicieron tus ojos aquel fatídico día. ¿Y la foto? ¿la recuerdas? Aquella que nos sacó el fotógrafo cuando yo sin saber por qué subí la gran escalinata de piedra hasta encontrarme contigo y tu me ayudabas a alcanzar el último escalón que nos separaba. La misma fotografía que tu mujer hizo quemar cuando tu me la regalaste enmarcada.
¿Por qué dejaste que pasara todo aquello? Tú que eras el más coherente de los dos; tú que siempre tenías la cabeza tan fría que ni siquiera te importaba que me enfadase cuando te burlabas una y otra vez de mi porque tenías la seguridad que volvería. Predicaste mi destino, el que se sigue repitiendo día tras día, el que me mantiene encerrada en una etapa de mi vida y no logro superar aunque ya hayan pasado 15 años.
Te dije que te olvidarías de mi y yo siempre te recordaría, te dije que no lograrías llenar tu corazón con la familia que elegiste, te dije que serías reprochado por muchos de los que tu amas, y no me equivoqué. El destino no tolera que se burlen de él ni que le reten porque las consecuencias a esos actos las paga con sacos rasgados. ¿Ahora comprendes por qué no se puede cambiar el destino?

domingo, 28 de octubre de 2007

Emigrantes: La partida

No lo había podido evitar. Aquella cama siempre tan arropada con las sábanas blancas de algodón y sobre ellas el pesado nórdico que vencía al frío en las largas noches de invierno, cuando los fantasmas de la noche no la dejaban dormir la habían tentado a volver a acostarse. Tanta frialdad notaba en el ambiente, en aquella habitación vacía de muñecas, dibujos y pájaros de papel que la pequeña Elisa decidió volver a la cama para poder despertar de nuevo en la vida normal. Inmersa en la aventura que iban a comenzar ese día los pensamientos la sumergieron en un mundo aún más imaginario, el de sus sueños.
Barcos que surcaban los mares donde los piratas de las historias que cada noche Pedro le contaba para que se durmiera; príncipes que salvaban a princesas encerradas en la torre de un castillo y seres que aunque no los había visto nunca, ella sabía que existían. Seguro que en el viaje que iban a comenzar encontraría algún duende. Y justo cuando la aventura se ponía más emocionante, la dulce voz de Amaya despertó a la pequeña que apenas unas horas antes dotaba de alegría la casa ya vacía. Con dificultad se levantó de la cama por segunda vez aquella mañana y fue de nuevo a la cocina. Allí estaban todas las cosas empacadas y sobre la mesa estaba el gran tazón de loza blanca donde su madre le echaba la leche del desayuno cada día.
Amaya y Pedro recorrían todas las habitaciones de la casa y seguían reuniendo paquetes y más bultos a la cocina. Pero a Elisa le llamó la atención la gran maleta donde Amaya había guardado todos sus recuerdos, entre ellos la fotografía que les había tomado el tío Marco. Era una maleta enorme o eso le parecía a la pequeña; pero no tenía el aspecto adecuado para una aventura como la que ellos vivirían. Era demasiado vieja y muy sosa. Sólo era de color marrón y lo único que la hacía diferente a las demás maletas del resto de la gente era aquella cinta que la rodeaba.
- Vaya maleta más fea y además es muy grande. No vamos a entrar en el barco si todos los pasajeros llevan una maleta tan grande - pensó Elisa sin dejar de mirar la maleta mientras seguía removiendo despacio la leche con la cuchara.
-Tómate rápido la leche. Tenemos que irnos y sólo faltas tú.
Amaya entraba y salía de la cocina cada vez con una prenda más sobre ella. Primero la falda, después también con la camisa y ahora se dirigía a la percha que aguantaba su pañuelo para protegerse del frío. Ella tampoco podía apartar la vista de aquella vieja maleta que esperaba en un rincón de la cocina; pero a Amaya no le parecía una maleta fea ni inapropiada para aquel viaje, sino todo lo contrario. Aquella maleta conservaba sus recuerdos y no podría separare de ella durante el trayecto en el barco. También Pedro había entrado en la cocina con su sobrero en la mano.
- Ya está todo listo - dijo - podremos marcharnos en cuanto termines tu desayuno y te vistas - le dijo a su hija.
Sin perder más tiempo porque veía que sus padres tenían prisa, Elisa se tomó toda la leche, saltó de la silla y se vistió con las únicas prendas de su armario que no estaban en ningún paquete.
- Es tan pequeña que si no volvemos pronto,en unos años ni se acordará de esta casa, ni de sus amigos, ni de sus primos y abuelos. Ni siquiera recordará el columpio que le hiciste en el árbol.
Amaya pronunciaba estas palabras mientras se colocaba el pañuelo en la cabeza y miraba aquel columpio que Pedro le había regalado en un cumpleaños a Elisa y en el que al día siguiente la pequeña se había caído haciéndose una herida en el labio.
Elisa entró corriendo en la cocina, ya vestida y con el gorro de lana en la mano.
-Mamá ya estoy lista. Podemos empezar nuestra aventura.
Amaya se esforzó para mostrarle una sonrisa mientras la ayudaba a abrocharse el abrigo.
-Ponte el gorro y no te desabroches ningún botón. Afuera hace un frío horrible y tienes que estar muy abrigada para no resfriarte. Y acuérdate de poner tus botas nuevas de agua -le decía Amaya a su hija mientras la abrochaba el último botón del abrigo.
- ¿Qué botas? ¿Las que me regaló la abuela?- preguntó Elisa.
- Sí. Son esas las que más te gustan, ¿no? Además son las mejores para estos días de frío -dijo Amaya.
-Y son nuevas. Ya veras como no encontramos a nadie en nuestra aventura con unas botas como estas. Son como las de Antón - respondió la pequeña.
- ¿Qué Antón? -preguntó Amaya
- El niño del cuento que ayer me contó papá antes de acostarme. Son mágicas, cuando te pierdes sólo tienes que juntar los talones y ellas solas indican el camino. ¿Quieres que te cuente la historia?
Elisa había recuperado su vitalidad y no podía parar de hablar. Mientras la niña le contaba a su madre el cuento de la noche anterior, su padre iba cogiendo las maletas. Sin dejar de hablar Elisa cogió su maleta, en la que había metido toda su ropa y algunas de sus muñecas. Bueno, la cogía como podía porque era casi tan grande como ella, pero no tanto como la maleta fea que aún aguardaba quieta en el rincón de la cocina. Sobre la mesa ya no había ninguna taza, ni ninguna cuchara o cuenco; en la repisa tampoco estaban ya ni el reloj ni el pájaro de papel ni nada. Sólo había sobre la pared del fondo el dibujo de una familia feliz y disfrutando de una tarde de sol, porque Elisa lo había pintado en una tarde muy soleada y eso tenía que notarse.
El silencio reinaba en la casa, tan sólo se oía la voz de una niña contando una historia de unas botas mágicas y pasos cansados, arrastrados y alejándose de la casa. Todo empezaba ahí y los tres miembros de la familia lo sabían. Si se asomaban mucho al futuro, Amaya y Pedro sentían vértigo por el miedo al fracaso, el vivir una mala situación que los arrojase a un pozo negro sin fondo y verse en el suelo esperando una mano amiga. Verse como aquella vieja maleta que días atrás estaba abandonada en un rincón del desván y ahora era tan importante. Dar la mano al pasado para seguir caminando hacia un futuro mejor, ese era el pensamiento que se repetía una y otra vez en la cabeza de Pedro mientras se agachaba para coger la maleta.

sábado, 13 de octubre de 2007

EmigranteS: La maleta

Al fin lo había conseguido. Había sido capaz de levantar aquella maleta tan pesada de recuerdos aún frescos y llevarla hasta la cocina. Lo que no había conseguido era apartar su mirada de aquella vieja maleta. Sobre la mesa la tetera y dos tazas de té expulsaban un humo impaciente, dando calor a la fría sala que cada momento recuperaba la vida con todos los objetos que allí se iban acumulando.

Elisa ya no sentía nostalgia y de un salto había abandonado la silla desde la que había admirado por un largo rato su dibujo. Con la vitalidad propia de una niña de su edad, la pequeña había comenzado a llevar a la cocina todas las cosas que creía importantes en la aventura que comenzarían aquella mañana. El pájaro de papel, el reloj de su mesita de noche y sus muñecas, todo lo que aún quedaba en su habitación sin empacar. Ajena a aquella alegría, Amaya continuaba apoyada sobre su maleta, melancólica y pensativa, unos pensamientos a los que Pedro se había unido. Su fuerte expresión siempre llena de vida se había apagado y por un instante el respetuoso padre de familia se estremecía en su gesto de niño indefenso y débil ante la realidad. Necesitaba el calor de los que le querían. Colocó su mano bajo la de su mujer, aún apoyada sobre la veja maleta, y con suavidad le dijo:

-No te preocupes. Volveremos, estoy seguro de ello. Volveremos y nos reiremos de esta partida.

No hubo respuesta. Amaya era incapaz de articular palabra sin que las lágrimas que se acumulaban en sus ojos y nublaban su vista se escaparan y recorrieran su dulce rostro. Y de fondo, por detrás de ellos, las alegres canciones de Elisa regalaban las únicas estelas de esperanza que tarde o temprano volverían a brotar en la familia, quizás en la próxima estación.

domingo, 7 de octubre de 2007

EmigranteS

El ruido del viento golpeando la ventana la despertó. Era el día elegido. Sabía que tenía que dejar su casa, a sus amigos y todo lo que había conocido hasta el momento. Su padre le había prometido que sería una aventura emocionante y llena de sorpresas. A su lado estaba aquel pájaro que había aparecido una mañana posado en su ventana y ahora la miraba desde su mesita. Era un pájaro de papel, pero al fin y al cabo un pájaro, el animal que más le gustaba porque era el único que podía gozar de la libertad sin ataduras.

-!!!!!!!!!Riiiiiiingg!!!!!!!!!

Ya no había más minutos extra; había que levantarse. Al otro lado de la casa se oían unos pasos pausados y a alguien rebuscar en el fondo del armario del recibidor. Pedro, el padre de la familia, estaba recogiendo las últimas prendas que aún sujetaban aquellos enganches, los de oro, o eso creía Elisa. Lo estaba recogiendo todo, menos su sombrero que sería el último en abandonar su sitio en aquella casa.

De la cocina también salían ruidos que llegaban hasta el cuarto de Elisa. Aquellos eran del chocar de los platos, el mismo sonido que se oía cuando había fiesta y Amaya tenía que cocinar para toda la familia y los amigos que venían a casa. Elisa no aguantó más y fue hasta la cocina; pero cuando entró allí no había ninguna fiesta, tan sólo un viejo cazo y una cuchara de madera sobre la mesa. Aquellas paredes que tantas reuniones y risas habían acogido, aquella mañana sólo abrazaban una sala fría y vacía. Y allí, en la pared del fondo lucía el dibujo que Elisa había hecho la noche anterior. Tomó una silla y se sentó frente al dibujo, como para observarlo más detenidamente. Allí estaban ellos, toda la familia: sus padres, el pájaro de papel y ella, despidiéndose de su casa.
A sus espaldas la tetera de loza silbaba sobre la chapa. El sonido alertó a Pedro que entró en la cocina arrastrando sus pies, como de costumbre. Parecía que siempre estaba cansado. Sin apenas alertarse de la presencia de su hija en la cocina, Pedro quitó la tetera del fuego y se sirvió una taza de té. Se sentó y posó sobre la mesa todo lo que tenía en sus bolsillos entre lo que destacaban un par de billetes del dinero que habían ahorrado para la ocasión y los pases para el viaje. En ellos estaba retratado el barco en el que viajarían, con sus altas chimeneas de las que salía más humo que de la taza de té de Pedro.
-!Amaya! -llamó a su mujer sin levantarse de la mesa.
- !El té está listo!
Amaya dejó la maleta abierta sobre la cama del dormitorio principal y fue a la cocina. Al ver a Elisa sentada frente al dibujo se acercó a ella. Pedro se levantó e hizo lo mismo.
-Es un dibujo hermoso -dijo él posando su mano con dulzura en el hombro de su hija.
- Somos nosotros. No quiero que nuestra casa nos olvide y cuando llegue otra nueva familia si hay alguna niña pequeña puede que también haga el dibujo de su familia y lo cuelgue junto al mío - contestó la pequeña.
Estaban colocados igual que en aquella fotografía que les había tomado hacía unos meses el tío Marcos. Ella estaba sentada en un taburete alto y detrás estaban sus padres, uno a cada lado. Era una foto diferente a las demás porque era la última imagen tomada en aquella casa y Amaya le tenía un cariño especial.
La fotografía estaba en el salón, sobre el saliente de la chimenea. La tomó con delicadeza entre sus manos para observarla por última vez antes de envolverla en aquel papel amarillento para que el cristal que la protegía no se rayase. Cubrió todo el marco con el papel y después trenzó con una cuerda fina una cruz sobre él para evitar que el papel se escurriera durante el viaje y dejara desprotegida la fotografía. Regresó con el retrato envuelto al dormitorio y lo posó sobre la ropa que ya estaba metida en la vieja maleta. Había entrado todo: la ropa de Pedro y la de ella, sus objetos más íntimos y la fotografía. A ojos ajenos el contenido de aquella maleta no tenía valor, pero para ella allí viajaba toda su vida, sus recuerdos o lo que quedaba de ellos.
Cogió la cinta que guardaba para los largos viajes y rodeó con ella la maleta ya cerrada. Era una acción tonta, pero aquella mañana le había costado mucho encerrar tantos recuerdos. Pero tenía que asegurarse de que todos aquellos objetos llegarían a puerto, junto a ella. No podía resistir la nostalgia. Era incapaz de apartar la vista de aquella maleta, y entonces posó sus manos sobre ella. Como en señal de protección sus dos manos se cruzaban sobre la hebilla de la vieja maleta, porque no debía abrirse, no debía dejar escapar todo lo que guardaba en su interior. Todo debía llegar a Europa tal y como salía de su casa. Y para sí misma Amaya le pidió a sus recuerdos:
-Tenéis que llegar conmigo. Junto mi marido y mi hija sois lo único que me queda de mi tierra. Sois todos mis recuerdos y mi origen. No me abandonéis en el camino.